domingo, 17 de abril de 2011

yo siempre te he dado los besos que tú nunca me has pedido.

Lo único que me ata aquí es que no puedo fugarme lejos, porque en algunas ocasiones lo que deseas es largarte y olvidar todo cuánto existe en tu vida. Sólo preocuparse de saber que paso vas a dar.

El ser humano es muy hipócrita. Demasiado hipócrita. Hipócritas como aquellos que creen en su derecho a que su palabra es superior a los demás, hipócritas que se piensan que no les critican. O más aún que el hecho de que te critiquen te la resbale. Y todavía más el hecho de pensar que él puede y los demás no poseer ese hecho. Me molesta tanto la hipocresía barata, las medias tintas, de callarse cuándo debes decirlo.

Tan hipócrita como yo, que puedo llegar a creer que nadie va a ser mejor que yo en tu vida, ni que nadie te va a dar lo que yo te dí, ni qué nadie te perdonará lo imperdonable. Iluso e hipócrita de mí. Me odio a mí mismo.

El único problema de seguir enredado en la misma órbita, llena de desesperación, alegría y contradicciones cada una en su justa medida y dependiendo del tiempo, de si hace sol o vete a saber de que razón, es que no consigo sacarte de ella. Y lo hago porque me he vuelto demasiado exquisito, demasiado raro. Pienso en cosas que no debería pensar, en que debería dejar actuar. Mi cabeza lo sabe, pero no quiere hacerlo.

Y tú mientras en la órbita haciendo lo que te da la gana, cuándo te da la gana. Como si tu fueras la creadora de mi cosmos, dispuesta a destruir y reconstruirlo para volver a destruirlo cuándo más te pique a tí.

A quién todavía no haya probado ser correspondido, un consejo: NI SE OS OCURRA HACERLO

Perdéreis toda vuestra identidad, vuestra libertad tanto física como mental, y probablemente sufriréis mucho más de lo que disfrutéis. Sólo que seguimos siendo tan hipócritas de quedarnos en nuestra mente con lo bueno.

Si existiría una máquina para retroceder el tiempo y cambiar algo del pasado elegiría, sin dudarlo, el día que fui correspondido.

Qué genial sería esta vida si no hubiera ocurrido. Qué feliz sería compartir la soledad conmigo mismo, y no con este batiburrillo de sentimientos que expongo todos los días a mi subconsciente.

Y no lo cambio por la persona, sino por el hecho del que todos vamos a sufrir alguna vez.

Al fin y al cabo, no hay nada peor que querer a quién nunca va a dejar de defraudarte.

D.

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